Tipos problemáticos

Tras la publicación el pasado 4 febrero del último barómetro de Opinión del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), referente a enero de 2010, el periodista del Grupo Vocento Carlos Benito me entrevistó esta semana para tratar de encontrar las causas que explican no sólo las bajas calificaciones de los políticos, sino el hecho de estar considerados por los ciudadanos como uno de los principales problemas de la democracia.

¿Es un problema de imagen o de gestión? De ambas. No basta con gestionar bien un gobierno, también hay que saber comunicar. En este sentido, destaco «tres problemas: hay una falta de cercanía con respecto a las inquietudes de los ciudadanos. Hay una comunicación mejorable: utilizan un discurso difuso, incoherente, aparentemente improvisado. Y hay falta de credibilidad: no sólo no cumplen sus promesas, algo ya clásico, sino que no se ponen de acuerdo ante los grandes problemas».

Te invito a leer el reportaje completo que publican este miércoles (10.02.2010) los medios regionales del Grupo Vocento en el suplemento V del cuadernillo central: El Correo, Diario Vasco, Hoy, La Rioja, El Diario Montañés, El Norte de Castilla, Sur, Las Provincias, La Verdad, Ideal, El Comercio y La Voz de Cádiz.

Tipos problemáticos
En plena crisis, la ciudadanía se ha hartado de los políticos y rechaza al Gobierno y a la oposición

zapatero_brujoA los españoles nos preocupa el desempleo, y no es de extrañar: recién superada la cifra récord de cuatro millones de parados, buena parte de la sociedad se ve afectada directamente por esta triste situación o tiene las barbas puestas a remojo, por si acaso. A los españoles también nos quita el sueño la crisis, que viene a ser otra forma de referirse a la misma pesadilla, esa sensación de que la vida se ha convertido de pronto en un ejercicio de trapecio sin red. Y un tercer problema que inquieta mucho a los españoles son… los políticos. ¿Los políticos? ¡Los políticos! En los últimos barómetros de opinión del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la clase política ha emergido como un problema en sí mismo, y eso viene a ser como si los médicos fuesen una enfermedad: una aparente paradoja y, sobre todo, la evidencia de que algo va mal.

Los resultados más llamativos se dieron en la encuesta de diciembre del año pasado. Ante la pregunta de cuáles son los tres problemas principales que existen actualmente en España, «la clase política y los partidos» fueron mencionados espontáneamente por el 13,6% de los entrevistados, una proporción sólo superada por el paro y las dificultades económicas. A ese porcentaje se le podría sumar sin demasiado escrúpulo otro 4,7% de las respuestas, encuadrado en la categoría «el Gobierno, los políticos y los partidos». Cuando se pidió a los ciudadanos que afinasen su valoración y eligiesen el problema más grave, todavía hubo un 4,2% que se quedó con nuestros gobernantes y sus opositores. En el ‘barómetro’ de enero, los políticos han superado la prueba de manera más discreta, pero no porque sus resultados hayan mejorado, sino porque ha crecido la inquietud por el terrorismo y la inmigración. Sin embargo, hay ya un 14,9% de los encuestados que cita a los políticos entre los tres problemas más acuciantes. El único pico comparable fue el provocado en 2007 por la polémica sobre la negociación con ETA, pero en esta ocasión la cifra se ha mantenido por encima del 10% desde mayo, un hecho sin precedentes en los últimos catorce años. ¿Qué está pasando aquí?

«En esta coyuntura concreta, la desconfianza proviene de que los políticos en general, tanto del Gobierno como de la oposición, no han dado una explicación razonable y argumentada de la crisis económica española, ni de sus posibles salidas. En el caso del Gobierno, ello se agrava porque las medidas que ha tomado se ven ahora no sólo como ineficaces sino como contraproducentes. Además, el Gobierno se ha preocupado de aspectos irrelevantes en lugar de atender a las reformas fundamentales», resume Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona. El fastidio está particularmente acentuado en Cataluña, una comunidad sacudida recientemente por episodios de corrupción como los casos Pretoria o Millet. declaracionesEn el informe de enero del Centre d’Estudis d’Opinió, el equivalente autonómico al CIS, tres de cada diez encuestados han identificado a los políticos como un problema. «Aquí el descontento es aún mayor por dos razones -analiza Francesc de Carreras-. Porque proviene de más lejos en el tiempo, desde los últimos años de Pujol y el primer tripartito, y porque los políticos catalanes se han dedicado a cuestiones que no interesan a los ciudadanos, como es el caso evidente del nuevo Estatuto y demás aspectos de la simbología nacionalista, en lugar de materias tan fundamentales como la educación, las obras públicas y las políticas sociales».

«No se ponen de acuerdo»
Por mucho que, después de cada sondeo, siempre haya algún partido que interpreta de forma triunfal los resultados, da la impresión de que los ciudadanos reparten palos sin distinguir colores, igualmente disgustados ante un Ejecutivo titubeante, que corretea entre el ‘digo’ y el ‘diego’, y una oposición ruidosa con el discurso rayado. Quizá los partidos tengan propuestas sólidas, pero parece que no saben transmitirlas de forma efectiva: «Yo identifico tres problemas: hay una falta de cercanía con respecto a las inquietudes de los ciudadanos. Hay una comunicación mejorable: utilizan un discurso difuso, incoherente, aparentemente improvisado. Y hay falta de credibilidad: no sólo no cumplen sus promesas, algo ya clásico, sino que no se ponen de acuerdo ante los grandes problemas», expone el asesor de comunicación Yuri Morejón, politólogo y coordinador de Telepolitika, el Fórum sobre Políticas de Comunicación de Bilbao. El periodista Daniel Montero, autor de ‘La casta’, también incide en ese foso que los propios políticos han ido excavando a su alrededor: «Yo creo que el principal error en el que incurren es el paternalismo: en vez de explicar las cosas, caen en la retórica y los argumentos peregrinos, desconfían de la masa. Creen que la gente no va a entender ciertas cosas».

Los expertos no tienen que irse demasiado lejos en el tiempo para buscar algún ejemplo: los desconcertantes malabarismos del Gobierno con la jubilación y las pensiones resultan suficientemente ilustrativos, podrían servir como libro de texto sobre comunicación mal llevada. «Distintos periódicos daban en el mismo momento versiones diferentes sobre los años para el cómputo de las pensiones, y esa descoordinación genera desconcierto», apunta Morejón, disgustado también por la costumbre cada vez más extendida de no brindar a los periodistas la posibilidad de hacer preguntas. Pero el asesor puntualiza: «No todo es un problema de comunicación: también existe un problema de gestión. No hay buena imagen sin buen mensaje, sin buen contenido, sin buen producto. Gobernar a base de comunicación es un gran riesgo: la gente rasca y ve lo que hay debajo».

Cuando llega la hora de poner nota a los políticos, los encuestados por el CIS no muestran clemencia, actúan como profesores severos que deben enderezar a una clase repleta de torpes. El aprobado raspadillo, el cinco de toda la vida, constituye un sueño inalcanzable para la mayoría de los líderes de los partidos. Suena tremendo que el 4,08 de Rosa Díez sea la calificación más alta y un motivo personal de celebración, con Rrosa-diezodríguez Zapatero hundido en un 3,98 y su rival Mariano Rajoy allá por las profundidades del 3,50. El jefe del Gobierno se llevó su último ‘suficiente’ en abril de 2008, con un 5,58, y el candidato del PP todavía no sabe siquiera lo que es aprobar, con un 4,83 como registro más alto, obtenido justo después de las tensas elecciones generales de 2004. Hay que retroceder hasta 2002 para encontrar una época en la que tanto el presidente de entonces, José María Aznar, como su contrincante Zapatero superaban el cinco.

Incluso la primera de la clase, Rosa Díez, admite que su recién estrenada condición de líder más valorada resultaría «inexplicable» si no fuese por «la perspectiva de hundimiento del PP y del PSOE», a quienes acusa de corresponsabilizar a toda la sociedad de los problemas: «La solución no es que llegue otro a hacer lo mismo -reflexiona la diputada de UPyD-, sino que ambos partidos se vean obligados, porque los ciudadanos se lo piden, a entrar en las grandes reformas estructurales que el país necesita».

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